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Publica 'Paraíso inhabilitado'
 
Libros

"La literatura me hace maga"

"Estoy convencida de que no me darán el Cervantes, no por mujer sino porque no les debo de gustar"


 

Ana María Matute (Barcelona, 1925) parece todavía una niña encerrada en un cuerpo de anciana. Se ríe a carcajadas, tiene la mirada traviesa y mantiene la enorme curiosidad y una emoción que se desbordan alegremente en repentinas exclamaciones y una gestualidad apasionada. Dos elementos la anclan a la edad que figura en su DNI: la lucidez de su mirada y una intensa melancolía. El pasado martes recibió a este diario en su habitación de un hotel madrileño para hablar de su nueva novela, "Paraíso inhabitado" (Destino), que sale hoy a la venta.

-Este libro deja un poso de tristeza, ¿no?
-No importa, hombre, anímese. Más que triste, digamos que es melancólico, porque habla de las cosas que se acaban. Así es la vida. De repente, ¡se acabó! Sin piedad. Un día, todo nuestro mundo se desmorona, pero a la vez todas esas cosas bellas reviven en la memoria. Es entonces cuando piensas: ¿por que no me quedé ahí, cuando era pequeña? ¿por qué me fui? ¡Ay, qué melancolía! Pero también hay mucha ternura, y no es nada lacrimógeno, porque en la vida nadie te va interpretando todo lo que pasa, yo dejo las conclusiones al lector.

-Lo ha escrito tras un largo período en el hospital.
-¡Ocho meses ingresada! Me moría, ¿sabe? Esta vez me moría. Estaba muy fea, toda intubada... Era algo total: los huesos, el estómago, el corazón... En realidad, he tardado un año y medio en hacer la novela, porque hay que descontar el tiempo que estuve hospitalizada. Al salir, lo primero que hice fue escribir los últimos capítulos que me faltaban, pensé: "Que no me lo acaben otros cuando yo esté muerta, es mejor hacerlo una misma". Es bonito el libro, ¿verdad? ¿Ha visto el unicornio de la portada? Precioso... Recuerdo el día que le enseñé mi primer libro a mi padre, no se lo acababa de creer. Aquella noche, dormí, literalmente, con el libro debajo de la almohada. Ahora me hace ilusión pero, claro, no es como aquella primera vez, entonces me sentía trascendente. ¡Mi libro y yo! ¡Pobrecita! ¿Y qué era tu libro? Pues un granito de arenilla en el desierto...

-"Paraíso inhabitado" es la historia de una niña que va creciendo y descubriendo el mundo adulto, siempre parapetada tras su fantasía. ¿Es autobiográfico?
-No mucho, pero hay algunos detalles, eso sí. Es mi novela con más elementos autobiográficos. Yo era una niña fantasiosa, y he incluido en el libro algunas imágenes poderosas que tuve. Por ejemplo, cuando ella descubre la oscuridad. También estuve enferma, pero no de esa manera. El punto de arranque es una mujer de 80 años que recupera la visión de una niña, ese punto de vista es primordial en la obra.

-Ya la frase inicial marca el tono: "Nací cuando mis padres ya no se querían".
-Es jodida esa frase, ¿verdad? Ahí ya lo puedes ver todo. Incluso la guerra que vendrá después es un mero telón de fondo. Yo he vivido una separación muy dura de mi primer marido, con todo mi entorno de seres queridos diciéndome que no lo hiciera, porque estaba muy mal visto.

-¿Qué es lo que más le ha costado al escribir la obra?
-Ese punto de vista infantil y adulto a la vez está basado en el tono, y el tono es lo que más te hace sufrir, porque hasta que no lo encuentras todo rechina. Una novela es como una sinfonía, lo que cuenta es la música.

-¿Reivindica la fantasía infantil?
-Tampoco creo que sea algo exclusivo de los niños, el niño es el pretexto. ¡Todos tenemos fantasía! No reivindico la infancia porque no es siempre un paraíso, también entre los niños se da una gran soledad, no podemos imaginarnos hasta qué punto. Y mi niña no es angélica, también es capaz de sentir odio.

-A la niña le dicen que es mala, pero lo que sucede es que tiene otro lenguaje.
-¡Claro! El mundo de la infancia es un mundo cerrado y total. Para entendernos: un niño no es un proyecto de hombre, sino que el hombre es lo que queda del niño. Hay gente que no lo acepta, que pone una barrera entre ellos y su infancia, pero aun en esos casos el niño que fuimos sigue ahí.

-Usted se dio a conocer como escritora realista y, últimamente, había asombrado con su creación de universos fantásticos ("Aranmanoth"). Sin embargo, aquí parece fusionar sus dos vertientes: inserta elementos fantásticos (los unicornios o gigantes que imagina la chica) en una historia ambientada en la vida cotidiana de la España del siglo XX. Tenemos realidad y fantasía a la vez.
-Puede interpretarse así, es cierto que muestro ambos mundos. Pero están muy cercanos, porque no hay más que desplazarse a la habitación de al lado para cambiar de universo, quise reflejar esa proximidad en la descripción del piso, con unas estancias más pegadas a la cotidianeidad y otras más fantasiosas, como la sala con los tapices, en los que la niña ve moverse al unicornio. O en la misma nevera podemos ver que una misteriosa luz azul bordea los objetos. Eso es literalmente cierto, pues así lo vi yo.

-¿Por qué Adri, la niña, se inventa un mundo de fantasía?
-Porque el otro mundo le rechaza, y supera las dificultades sumergiéndose en ese otro universo, y con una gran voluntad, como yo misma he hecho. Yo no creo que la vida sea dura, es maravillosa, es la gente la que la estropea.

-¿Usted también iba castigada al cuarto oscuro?
-Sí, exactamente como en la novela. Para mí, no era un castigo sino una liberación porque lo que quería era que me dejaran en paz. Allá, a oscuras, creaba mis mundos y me decía: "¡Soy mala!". ¡Cómo crecía mi ego! Hoy mi cuarto oscuro es la literatura, que me convierte en maga.

-La narradora descubre poco a poco la vida adulta, por ejemplo el amor...
-El amor es tan importante... pero se pierde. Un día, de repente te miras y exclamas: ¡ay, Dios mío, pero si yo amaba! ¡Y ahora ya no amo! Eso pasa, ¿sabe?

-El personaje del chico simboliza ese gran amor...
-El amor en sí mismo. El chico y ella forman un bloque que los demás quieren destruir porque en aquella época los niños iban con los niños y las niñas con las niñas. Los niños también se enamoran, ¡menudos son! Él es ruso, hijo de una bailarina, un oficio que en aquella época tenía connotaciones negativas.

-¿Tuvo usted un amor infantil?
-Sí, y fue maravilloso. Era también un niño ruso, que se murió de meningitis, y mi madre lloró y lloró porque le quería mucho, también era hijo de una bailarina. Yo le quería, pero el gran amor de mi infancia, en realidad, fue otro niño, que se llamaba Gonzalo. Yo le decía a mi padre: "Gonzalo es un postre".

-Hay una crítica a la escuela de monjas...
-Es que entonces las monjas no iban a la universidad, como ahora, y solamente te enseñaban su ignorancia.

-Y la paliza al homosexual...
-Eso fue una experiencia que me marcó de niña, me impresionó tanto la paliza que le dieron a una persona por ese motivo que ahora la he recreado novelada.

-Háblenos del personaje de la tía Eduarda...
-Es el mundo que a la niña le está esperando cuando crezca. Ella le da pie a muchas cosas, le muestra otros mundos muy seductores, que luego también se acabarán. ¿Y La Cafetera (el vehículo en el que viajaban)? Se rompió. ¿Y Michel Mon Amour? Se murió. ¿Y los unicornios? Ya no vuelven a salir del tapiz. Ya está. Punto.

-El libro será melancólico, pero usted no lo parece tanto...
-Yo soy una mujer muy vital, pero de cuando en cuando lloro un poco. Pienso: 'Ana María, tienes que escribir otro libro antes de morirte'. Entonces me seco las lágrimas... ¡y adelante!

-¿Sí? ¿Ya está con otra cosa?
-Tengo una idea, y voy a empezar un nuevo libro en mi máquina de escribir electrónica. Lo haré despacito y bien, no esperen una nueva novela mía cada año. Una vez hasta tardé veinte años, pero no cuenta porque sufrí una gran depresión...

-Y los hermanos de la protagonista ¿son los suyos?
-No, pero también me contaban historias y estaban enamorados del personaje de Beau Geste, intentaban seguir sus ideales.

-La casa de la novela está en Madrid, pero podría estar en cualquier otra parte.
-Nosotros teníamos casa en Madrid y en Barcelona, pero esta es más bien un ático madrileño.

-Publica este libro por Navidad y justamente la escena navideña de la novela es la del reencuentro de la niña con su padre, que la lleva al cine.
-El tiempo de la Navidad es muy importante. Mucha gente dice que no, que esto son paparruchas pero a mi me recuerda muchas cosas bellas.

-¿Iba usted al cine?
-Sí, con la tata, los sábados y domingos. Y vi, como en la novela, "Las Cruzadas" e "Historia de dos ciudades", y muchas de Shirley Temple, que eran muy bonitas. Shirley Temple también me dejó de gustar un día, como todo deja de gustarte porque creces y te conviertes no ya en adulto, sino en adúltero, porque todo lo adulteras.

-¿Cómo recuerda a sus padres?
-Mi madre era una riojana severa. Mi padre, muy catalán y mediterráneo. Él hubiera sido amigo de Ulises, y ella del Mío Cid. En el fondo, a mi madre le hubiera gustado ser yo, escritora o lo que fuera, por eso me respetaba, leía mucho, pero se lo escondía a las amigas.

-¿Cuántos libros ha escrito? ¿Los cuenta?
-Ay, una vez, en una comida de esas con los reyes, la infanta Elena, los diplomáticos en Madrid y qué sé yo, me sentaron junto al embajador de Nicaragua que, muy interesado por mi obra, yo entendí que me preguntaba: '¿Cuántos libros tiene?'. Y le respondí: 'No sé, 30 o 40, tendría que contarlos'. Y resultó que el hombre me había preguntado 'cuántos hijos', no 'cuántos libros', pero como estoy sorda... Ja, ja, aquel señor no salía de su estupor. Esto de ser sorda es horrible, a mi nuera no le escucho nada, y me invento lo que me dice para no hacerle repetir las cosas.

-¿Cómo ha evolucionado su prosa con los años?
-Como mi misma vida. Yo era una mujer muy expresiva y acelerada, ahora soy más sensata y serena, dilucido mejor las cosas. Bueno, en realidad, no lo sé...

-¿Le afectan las críticas, a estas alturas?
-Hombre, sí que me afectan, sobre todo las malas. Pienso: "¡Qué tonto este tipo, que tonto!". A mí, tal vez por la edad, ya no me hacen críticas malas, pero sí algo peor: esas críticas en las que ves que el hombre no ha entendido absolutamente nada del libro. ¡Ay, qué disgusto! Piensas: "¡No se ha enterado de nada!" y te quedas muy mal.

-¿Va todavía a la Real Academia?
-Sí que voy, sí, pero no cada jueves. Estoy muy orgullosa de pertenecer a la RAE, aunque no haya introducido ninguna palabra en el diccionario. Con las que hay yo ya me manejo bien. Mi lenguaje es sencillo, no me gusta que el lector tenga que acudir al diccionario.

-¿Escribe con una disciplina férrea?
-Nunca he sido de horarios, sino de ráfagas. Yo me levanto por la mañana, lo más tarde posible, hago el crucigrama de Fortuny en La Vanguardia, luego la leo toda y, si lo necesito, me pongo a escribir. También leo muchas novelas, ahora he descubierto "Vida y destino" de Vassili Grossmann, me ha parecido increíble, estoy fascinada.

-¿Le gustaría recibir el Cervantes?
-Si me lo dieran, pegaría unos botes de aquí al techo. Pero tengo el convencimiento de que no me lo van a dar. Pero no porque sea mujer, o catalana, no, no, nada de eso, simplemente porque a los señores del Cervantes no les debo de gustar.



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