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9 Diciembre 2016

ETA dejó de matar en 2010, aunque ya desde la tregua de 2003-6 su final parecía inminente e inevitable. Desde entonces, el País Vasco (y no solo) ha entrado en una nueva fase histórica, política y también cultural: es el momento de construir la narración de los años de plomo, de revisar las últimas cuatro décadas y decidir qué les vamos a contar a nuestros hijos. ¿Fueron años de locura transitoria? ¿La culpa de todo la tuvo Franco? ¿Hicimos, como sociedad, lo que pudimos en medio de una situación difícil y peligrosa?

 

Esta es la pregunta fundamental que intenta plantear (más que responder) Edurne Portela: cómo se está creando el discurso sobre los años de violencia, en los productos cultuales vascos. Y su propuesta es crítica, incómoda y dolorosa: defiende que en la sociedad vasca dominó la complicidad, el miedo y el silencio, y que el secuestro del lenguaje por parte de ciertas ideologías (sobre todo de la denominada "izquierda abertzale", pero también el nacionalismo tradicionalista español) ha dificultado la creación de discursos complejos, matizados y profundos.

 

Conviene recordar que lo que Edurne Portela analiza son, como digo, producciones culturales (literarias y cinematográficas, fundamentalmente); no es una socióloga que pretenda radiografiar a la sociedad vasca, sino una investigadora de Estudios Culturales que trata con representaciones y creaciones ficcionales. Su forma de evaluarlas, por otra parte, es decidida y explícitamente ética e ideológica: no evalúa su calidad formal, sino su valentía, su capacidad para huir del maniqueísmo pero también de la tan temida "equidistancia".

 

E estos juicios, salen bien paradas obras como la película Tiro en la cabeza; la obra del fotógrafo Clemente Bernad (quien quiso exponer en el Guggenheim la radiografía de la cabeza tiroteada de Miguel Ángel Blanco, provocando una enorme polémica), los relatos de Jokin Muñoz o de Iban Zaldua. Algo peor quedan en la foto la novela Twist de Harkaitz Cano, o los cuentos de Fernando Aramburu. Y la obra que recibe las críticas más duras (junto con las producidas por creadores próximos a la izquierda abertzale con fines casi-propagandísticos) es la película Ocho apellidos vascos, a la que Portela acusa de banalizar la violencia sin antes haber llegado a analizarla o expiarla.

 

Una de las grandes virtudes del libro es que no está escrito desde fuera, proyectando un juicio moralmente superior sobre los malvados vascos: Edurne Portela se presenta (a través de una serie de capítulos que, sin decirlo, se adivinan autobiográficos) como una vasca más, que vivió los años más duros de la violencia, de la kale borroka, de los pelotazos de goma y de cantar "Sarri, Sarri" en las fiestas del pueblo. A lo largo del libro conocemos a una Edurne Portela con un rechazo visceral a los batasunos y a su retórica, pero que insiste en la necesidad de incluir en el cuadro el terrorismo de estado o la violencia policial, sin que eso suponga hacer tabula rasa y equiparar todas las víctimas y todos los discursos. Se opone a la equidistancia cómplice, pero también a la utilización política de las víctimas del terrorismo, realizada a veces por las propias asociaciones de víctimas.

 

El libro tiene algunas limitaciones; por ejemplo, excluir del análisis obras de los "grandes" escritores de la literatura vasca tiene ventajas, porque ayuda a ampliar el canon establecido, pero también es cuestionable, porque voces como la de Ramon Saizarbitoria han dicho mucho, y muy bien, sobre la forma en la que podemos enfrentarnos como sociedad a los hechos del pasado. Tampoco comparto (ni falta que hace, claro) todos los juicios que hace Edurne Portela: me parece que es demasiado crítico con Twist, y que exagera en su rechazo de Ocho apellidos vascos, que no pasa de ser una txotxolada inferior a Vaya Semanita, aunque de la misma familia.

 

Pero en todo caso, El eco de los disparos es una obra que abre un camino (y lo quema parcialmente, también): el del análsis de los discursos culturales sobre los años de plomo. Afortunadamente, los escritores, cineastas, artistas, solo están empezando ahora a producir este tipo de reflexiones, por lo que el trabajo de Edurne Portela exigirá futuras actualizaciones (suyas o de otros). Quizás la mejor noticia sea de hecho que estas producciones culturales existen, y que son variadas, complejas y producen narraciones divergentes sobre el conflicto vasco. En el momento en que se imponga una narración única, libros como este dejarán de ser posibles, y el olvido habrá triunfado sobre la memoria.

Fuente de la noticia: Un Libro al Día
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