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22 Diciembre 2016

Es hora de sacar a los santos de las hornacinas y comenzar a venerar al padre, a la hija y al espíritu humano. Las vidas de los grandes artistas, de los poetas, de los escritores no son, en último término, tan extraordinarias en comparación con las de los demás, con las nuestras. Esa idea está presente en toda la obra de Richard Holmes (Londres, 1945), alguien que eligió la biografía como género literario, pero capaz de mantenernos en vilo durante la lectura de la vida de los otros por su sinceridad literaria. Las construcciones de sus obras no tienen nada que envidiar a la estructura de la novela negra, su prosa está a la altura del mejor Stevenson, y las reglas para segmentar y dosificar el interés vital podría firmarlas Tolstoi. Porque, al fin y al cabo, es consciente de su cometido: conocer los detalles con cierto alcance hace de cualquier vida un relato extraordinario, lleno de dramatismo, tensión y vueltas de tuerca inesperadas. El sufrimiento y el heroísmo no es potestad de los famosos. Lo único que precisa cualquier persona, es saber expresar el triunfo, la desesperación y todas las etapas que caben entre ambos. La desventaja de quien se ha merecido una biografía escrita es que ya carecerá de intimidad. Podremos entenderle, pero le habremos invadido, aunque en la invasión tengamos que utilizar la artillería de la imaginación.

Este Huellas, que es un libro delicioso, es un ensayo sobre cómo construir una biografía, al tiempo que reproduce trozos de biografía de cuatro personas. En concreto, cuatro trozos en los que se embarcan en un viaje. Un Holmes que ya ha vivido sus sueños de biógrafo nos narra cómo perseguía, a su vez, los sueños de los biografiados, manteniendo siempre la sana melancolía de quien no sabe si podrá volver a disfrutar de aquellos momentos. Su prioridad es mantener el interés, aunque sea a costa de la cronología y la digresión. Así pues, Homes elige como centro de interés de cada uno de los tres capítulos la educación sentimental. Una biografía es un sentimiento, acompañado por su séquito de sentimientos monaguillos. Para ello, nos relata sus propias experiencias intentando reproducir los viajes, o llegar a los lugares donde llegaron Stevenson con su burra paseando por Francia, el París que vio e hizo crecer a Mary Wollstonecraft, la costa italiana donde Shelley no consiguió apartar el sol de la tristeza, o los paseos del maniático y genial Gerard de Nerval por los alrededores de París, en lugar de elegir sus viajes a Oriente que, de todas formas, siempre están ahí, definiendo un carácter. Holmes va, ve, oye y se hace a la idea, en condiciones, de lo que vieron y oyeron ellos. O lamenta no conseguir alcanzar esa cima. Con lo cual, está cuestionándose la labor del biógrafo, su objetividad imposible y la inevitable masa que utiliza para rellenar los huecos con lo humano, pues lo divino de los personajes ya está en las enciclopedias. Holmes no lee biografías para documentarse: acude a la fuente original. De manera que aquí, aunque aparezcan los cuatro autores con toda su potencia, desarrolla la construcción de lo que narra al tiempo que va narrando.

En el viaje de Stevenson se impone el tono amable. Las ensoñaciones de Stevenson y de Holmes se funden con reflexiones sobre la identidad y la moral, que terminan por ser una misma cosa. Como no podía ser de otra manera, se centra en la alegría de vivir, en la atracción por los principios ascéticos, en la ingenuidad y en la magia de la noche y el aire libre.

El capítulo dedicado a la activista Wollstonecraft surge del puente que existe entre sus ideales y los de los jóvenes de mayo del 68. París es también una pesadilla, no solo la ciudad del amor. Durante su estancia en la capital francesa, Wollstonecraft coincide con una etapa en la que la imaginación se enfrenta a la industrialización. Los asuntos políticos ya son públicos y por tanto Wollstonecraft debe definirlos como corresponsal. Al tratarse de alguien sincero, no puede dejar de tomar partido. El resto, ya lo conocemos.

Aunque nos resulta más familiar la Italia de un Shelley que parece andar persiguiendo el fracaso para poder presumir de él. Shelley viaja al Mediterráneo en plena crisis, para así sentir que hace algo por cuidarse, que interviene en su propia vida. Durante este capítulo, Holmes se propone resolver si aquéllos fueron años de felicidad para el poeta inglés. Pero no llega a ninguna conclusión. Desconoce si las relaciones con la gente crearon auténticos vínculos de amor o se quedaron en el platonismo. La poesía de entonces de Shelley tampoco ayuda a definir: las palabras son simbólicas, pero polisémicas. Damos por supuesto que Shelley se atiene a lo sublime y a lo clásico, por lo que Holmes lee su obra en las Termas de Caracalla. Hasta que todo termina sin acabar emocionalmente, debido a la enfermedad de Mary Shelley.

El dibujo que hace de Nerval es chocante: dado que está al borde de la locura, o tal vez con los dos pies ya dentro de ella, el extravagante escritor que pretendía epatar siempre es una gota de agua en una ciudad en transformación. Será en los viajes a Oriente donde creamos reconocerle mejor. Pero en París, pretendiendo destacar, lo que consigue es integrarse. Todo el mundo quería epatar entonces. Así pues, Holmes propone un viaje al interior de su mente y de su memoria. A la lucha por mantener la cordura y a los arrebatos de cólera. Y encuentra pasajes reveladores. Pero, ¿son exactos? Al final, a imitación de Nerval, a Holmes no le queda más remedio que dialogar consigo mismo. Y así, en buena medida, es como se construye este libro, uno de los de más grata lectura que se han publicado en mucho tiempo.

Fuente de la noticia: Culturamas
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